Retos y Futuro del Desarrollo Económico Local
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ha recibido numerosas críticas (Storper y Scott, 2009). A título de ejemplo, Markusen
(2006) demuestra que la clase creativa como la define Florida, es sinónimo de personas
con una ocupación vinculada a un elevado nivel educativo, un grupo que es diverso
y no necesariamente tolerante y creativo por naturaleza. En contrapartida, Markusen y
Schrock (2006) en sus estudios sobre la distribución de artis-
tas en zonas metropolitanas de los EEUU demuestran que altos
niveles de creatividad están vinculados a la presencia de artistas
autónomos, cuya contribución a la economía local se plasma en
su aportación al diseño, producción y marketing de productos y
servicios pero que a menudo se subestima dado su alto nivel de
autoempleo. De hecho, las teorías que describen el crecimiento
económico como una respuesta a los movimientos de personas
en busca de preferencias de consumo o estilos de vida pueden
ser cuestionadas sobre la base de sus supuestos acerca del comportamiento humano,
así como su silencio respecto a la dinámica geográfica de la producción y del trabajo
vinculada al territorio (Storper y Scott, 2009).
La importancia del capital humano para el desarrollo local tiene una larga tradición
(Becker, 1975). Sin embargo, la aceptación de necesidad de atracción del capital hu-
mano como motor de crecimiento en políticas públicas implica que los territorios
deban concentrarse en atraer personas con perfil creativo, reduciendo o ignorando
las políticas vinculadas al tejido empresarial y social existente en los mismos. Factores
tradicionales de localización como la distancia, los costes de transporte o de mano de
obra local, la proximidad a los recursos naturales y los mercados pasan a infravalor-
arse en cuanto las ciudades se clasifican como de carácter postindustrial y se inculca
que deben buscar su crecimiento en la economía del conocimiento y los servicios
avanzados, generados por innovadores que se reclutan a escala global.
De este modo, museos, galerías de arte, parques, edificios emblemáticos se identifican
como los nuevos factores de localización (Clark et al., 2002), al tiempo que el turismo
cultural y la creación de marcas territoriales se consolidan como estrategias de
crecimiento (Casellas et al., 2010), mientras la cultura pasa de ser el producto de la
riqueza para convertirse en la generadora de riqueza dentro de una nueva economía
simbólica (Zukin, 1996). En este sentido, edificios emblemáticos y la presencia de
amenidades vinculadas a actividades de ocio se convierten en prioridad de muchas
políticas locales, aún en municipios en los que ni tienen tradición, ni aportan ninguna
estrategia de desarrollo ligada a las potencialidades reales del territorio. En la
búsqueda de centralidad y conectividad a escala global, prácticamente todos los
planes estratégicos sitúan cualquier ciudad estratégicamente ubicada en el centro
de una nueva región funcional o punto de conexión de alguna red de ciudades. Estas
estrategias, ampliamente reproducidas por los municipios, han generado numerosos
errores, y han sido extraordinariamente contraproducentes ya que, por un lado,
operan sobre una narrativa descontextualizada que produce olvido de las condiciones
económicas y sociales reales de losmunicipios, ypor otro lado, infravaloran la necesidad
de utilizar el desarrollo local para reducir desigualdades sociales y garantizar la calidad
de vida de la población (Capel, 2007; Delgado, 2005).
La importancia del
capital humano para el
desarrollo local tiene
una larga tradición
(Becker, 1975)