Tendencias del desarrollo local. Un balance muy personal

Gregori Cascante Pérez
Director General de DALEPH

Hacer un balance de los últimos 25 años de Desarrollo Local no es tarea fácil. No lo es porque los planos o las ópticas sobre las que asentar dicho análisis pueden ser muy diferentes. ¿Se trata de evaluar el trabajo hecho por los Ayuntamientos? ¿O de incorporar también al sector privado o al tercer sector implicado en este tipo de políticas? ¿De analizar, asimismo, el papel que han jugado los agentes sociales en este ámbito? E incluso ¿incorporamos en el análisis las entidades autonómicas, estatales o europeas que han jugado un rol relevante, como mínimo, por lo que se refiere a la financiación?

Por otra parte ¿qué hay dentro del Desarrollo Local? ¿Aquello que queda definido en el perímetro de las políticas de empleo y promoción económica? ¿No se debe contabilizar una parte de las actuaciones urbanísticas o fiscales de ámbito local? ¿Y las políticas sociales?

Como el espacio es limitado, y aun a costa de ser poco riguroso, en este artículo me voy a referir al Desarrollo Local como a aquello que han impulsado las entidades locales en colaboración con agentes sociales y otras entidades privadas en materia de empleo y promoción económica, dejando aparte las actuaciones urbanísticas o de infraestructuras, así como el ámbito de los servicios sociales.

Bajo estas premisas quizá poco rigurosas, adelanto mi balance, también poco riguroso: si fuésemos capaces de llevar a cabo una buena evaluación del Desarrollo Local en España durante los últimos 25 años, es posible que desde una perspectiva global y pese al esfuerzo de muchas personas, no nos sacaran los colores, pero tampoco podríamos salir por la puerta grande.

Vaya por delante que, aunque me encuentre en la actualidad algo alejado de estos menesteres, me siento corresponsable de una parte importante de esta historia, ya que tanto desde el sector público como, fundamentalmente, desde el sector privado, he participado en más de cien proyectos relacionados con el Desarrollo Local, he colaborado en el diseño de actuaciones en todos los niveles de la administración y he intervenido en multitud de debates y jornadas de diferentes características.

Vistas las cosas con una cierta perspectiva, mi impresión es que el Desarrollo Local en España presenta, o ha presentado, un gran vicio de partida: las capacidades o los medios (competenciales, organizativos, financieros...) han sido muy limitados en relación a los objetivos que se han fijado. En este sentido, sería un ejercicio interesante, aunque peligroso, leer aleatoriamente los preámbulos de algunos proyectos que se han desarrollado a lo largo de estos 25 años (Now, Horizon, Leader, Urban…). No nos deberían sorprender expresiones como: “Reducir de manera significativa el nivel de desempleo del municipio”, “generar un espacio innovador y creativo”, “aumentar sustancialmente la capacidad emprendedora del territorio”, “impulsar un territorio inteligente basado en la cooperación público-privada…”

Si esta hipótesis es mínimamente correcta, la falta de sintonía entre objetivos y medios se puede haber convertido, más que en un incentivo para crear un sector dinámico audaz y eficiente, en la gran excusa para dar por bueno aquello que no hubiera pasado el cedazo de una evaluación de impacto y eficiencia mínimamente sólida. Esta distancia entre el dicho y el hecho ha permitido, desde mi punto de vista, que en muchas ocasiones el relato, el discurso e incluso la teoría, tuvieran más fuerza que la acción propiamente dicha, o si me permiten otra forma de expresarlo: en el Desarrollo Local en España el peso del “qué” ha sido desproporcionadamente alto en relación al “cómo”.

Muchas veces he tenido la impresión de que entre todos decíamos que se hacían, o se iban a hacer, muchas más cosas de las que se podían llevar a cabo. Y que, finalmente, se acababan haciendo menos de las que éramos capaces de hacer. El gusto por el discurso más o menos sofisticado ha consumido algunas energías que deberían haberse dedicado a la implantación propiamente dicha.

El marco regulatorio y de financiación ha ayudado poco. A las rigideces iniciales de la administración del Estado se sumó la de la normativa autonómica que, en general no la mejoró y, de hecho, en algunos casos introdujo un mayor nivel de discrecionalidad. Las exigencias de los Fondos Comunitarios fueron también un incentivo en este camino “nominalista”: no ha sido fácil captar este tipo de financiación proponiendo cosas razonables y factibles; en demasiadas ocasiones ha habido que edulcorarlas con sofisticación e innovación difícilmente realizables.

Por último, la idea fuertemente asentada y poco criticada desde dentro del “sector”, de que el espacio local es el más eficiente para llevar a cabo este tipo de políticas, ha podido actuar como una especie de freno a reflexiones más abiertas en relación a cuál debía ser el papel de lo local en el ámbito del empleo y de la promoción económica, y el papel que cada agente debía desempeñar en este espacio, de acuerdo a los objetivos y resultados a conseguir. Es posible que un cierto corporativismo difuso haya actuado como corsé en la mejora del sector.

No obstante, un balance a vuela pluma como éste no puede olvidar los aspectos positivos de estos años. Una buena parte de lo expuesto anteriormente queda compensado por el compromiso y la dedicación de muchos técnicos, gestores y políticos en el objetivo de mejorar la vida de los ciudadanos. A la flexibilidad que da el trabajar en el espacio local, se une la mayor visibilidad de la actuación local y, por tanto, el alto nivel de escrutinio público a las que este tipo de actuaciones están sometidas. Todo ello, junto con el nivel de profesionalidad que han alcanzado los gestores, ha hecho que el peso de los discursos sea cada vez menor en relación a los hechos.

Además, una visión más nítida de las limitaciones locales ha obligado a que las actuaciones tengan un mayor nivel de integralidad en el ámbito municipal, sumando de manera coordinada a diferentes “áreas municipales” en los objetivos de la creación de empleo y la actividad económica. Por último, se va instalando la idea de que el término municipal no puede actuar como un corsé inquebrantable: sin masa crítica, las posibilidades de actuar de forma eficiente se reducen substancialmente.

Como casi todo en la vida, esta es una historia de claroscuros de la que habrá que aprender todo lo que podamos, aun aceptando que a veces es mejor asumir subóptimos que perseguir óptimos que generan ficción y frustración. Creo que, después de 25 años, sabemos lo suficiente para construir políticas de Desarrollo Local realistas que aúnen experiencia e innovación.

Las extraordinarias restricciones presupuestarias y competenciales introducen un escenario de incertidumbre insoslayable sobre el que no es fácil ser optimistas. No obstante, es posible que en el medio plazo y después de un doloroso proceso de reconversión (paralelo a muchos otros “sectores”) surja un desarrollo local cuyos parámetros de eficacia y eficiencia se coloquen en un estadio sustancialmente superior al de estos últimos 25 años. Los incentivos para que eso suceda están ahí; el coste de oportunidad de nuestras acciones ha aumentado sustancialmente: mientras se reduzcan becas comedor o camas en hospitales, cada euro que gastemos en políticas de empleo y promoción económica local debe aportar un valor añadido muy elevado.

Es en este sentido en el que soy optimista: la capacidad y preparación de los técnicos, el conocimiento de las realidades más inmediatas, la experiencia acumulada y un mayor compromiso político con los resultados medibles puede hacer de este sector una potente herramienta de transformación social. Siempre, eso sí, que como he dicho anteriormente, seamos capaces de reconvertir los errores y distorsiones del pasado en guías del futuro. Quizás el desarrollo local será un poco menos “vistoso”, quizás se dirá que hacemos menos cosas que antes, es posible que se escriban menos libros y artículos al respecto, seguro que se construirán menos instalaciones, pero también es posible que se haga más lo que se dice que se va a hacer y que se consiga que algunos espacios locales generen más oportunidades a aquellos que, por nacimiento o circunstancias vitales, tienen menos oportunidades de competir en el mercado.